

Rosa abrió las puertas de su casa para guardar todos los enseres de nuestra Cofradía cuando no teníamos ningún lugar donde recogerlo. Ofreció lo que tenía, su propia casa, y se dejó horas y horas cosiendo, arreglando, preparando todo lo que hoy tenemos y que forma parte de nuestra historia.
Siempre seguirá siendo para nosotros un referente, una persona entregada, que sin pedir nada a cambio, todo lo que hizo fue por amor a nuestros titulares. Rosa ha demostrado que con nuestro trabajo también se puede evangelizar.
Porque no hace falta estar para ser, y porque los años se podrán romper en el tiempo, pero el amor y la Fe deben seguir vivos.